A lo largo de la historia, la Iglesia ha estado unida al poder político: o ha colaborado con él o ha sido ella misma la encarnación del gobierno de turno. Ésa es su historia y como somos nuestra historia, pues suma y sigue. Supongo que yo ahora soy un poco el resultado de lo que fueron mis antepasados; tres cuartos de lo mismo con el poder eclesial. Claro, que hoy en día la influencia de la Iglesia cada vez es más reducida, lo que parece poner un poco nerviosos a los responsables de turno. Tal y como señalan Berger y Luckmann en "Modernidad, pluralismo y crisis de sentido", la influencia de esta institución se reduce al ámbito de lo privado. Y yo me alegro enormemente de ello; las colaboraciones de la Iglesia con el poder político nos han dejado ejemplos deleznables de sustentación de regímenes totalitarios que han arremetido contra la vida humana abiertamente. La Iglesia que gobierne almas; el poder material mejor en manos de laicos. La unión de poder y religión resulta una mezcla terrible, al final en nombre de Dios corremos el peligro de que todo valga. Además, el binomio política-religión resulta el caldo de cultivo idóneo para el aprovechamiento de advenedizos, es decir, aquellos a los que les importa un bledo Dios, pero que enarbolan su nombre para obtener cuantiosos beneficios de cualquier índole.
Hoy el papel de la Iglesia en la esfera pública se reduce a manifestaciones populares (algunas rídiculas, por cierto) y a intervenciones y protestas a través de los medios de comunicación cuando los asuntos sobre los que discrepar adquieren gran relevancia pública.
Supongo que este último es el caso de la muerte de Eluana Englaro. No tengo clara mi postura sobre este tema, de veras que no, sí que creo que si fuera mi hermana o mi madre no hubiera podido hacer lo que se ha hecho con esta chica. Claro, que esto que digo es un poco imbécil, es difícil empatizar (tratar de vivir en tu propia piel) con situaciones tan extremas. Pero ahí ha estado el Vaticano pronunciándose y presionando para evitar el fatal desenlace. Qué pena que la sede de San Pedro no siga la misma política con todos los asuntos que le atañen a ella directa o indirectamente.